Cuando el performance deja de importar

David Niño Herrán,Estrategia Técnica

Durante años, el rendimiento fue el santo grial del desarrollo.
Millisegundos, benchmarks, tiempos de carga. Medíamos nuestro valor por la velocidad del sistema, como si cada optimización fuera una victoria estratégica.
Hasta que un día descubrimos que un sistema rápido no siempre es un sistema que importa.

El performance deja de ser relevante cuando se convierte en un fin y no en un medio.
Porque en el mundo real, la gente no abandona productos porque tarden 200 ms más, sino porque no resuelven nada mejor.


El espejismo de la optimización

Optimizar es adictivo. Cada microsegundo ganado produce una sensación de control.
Pero la optimización sin contexto es como pulir un espejo roto: brilla, pero no refleja nada útil.

Equipos enteros caen en la trampa de “mejorar” un sistema que no ha validado su propósito.
Se afinan queries, se ajustan caches, se reescriben módulos, mientras el producto sigue sin responder una pregunta esencial:

¿Por qué alguien lo usaría dos veces?

La obsesión por el performance nace muchas veces del miedo.
Cuando el rumbo del producto no está claro, la ingeniería busca refugio en lo que puede medir.
Y como el rendimiento se puede cuantificar, se convierte en la ilusión perfecta de progreso.


El costo oculto de ser rápido

El performance tiene un precio.
Cada capa de optimización aumenta la complejidad, reduce la flexibilidad y eleva el costo de cambio.
El resultado: sistemas rápidos pero rígidos, que funcionan a toda velocidad… hasta que algo necesita moverse.

Optimizar antes de tiempo no solo gasta esfuerzo; bloquea el futuro.
El código se vuelve tan ajustado a su contexto actual que deja de poder adaptarse.
Y lo que parecía eficiencia técnica se transforma en deuda estratégica.

En ingeniería, la velocidad sin dirección es ruido.
Y cada decisión que no nace de un propósito claro, se convierte en fricción futura.


Performance de producto vs. performance técnico

La velocidad que importa no está en el render, sino en la experiencia.
Un flujo que se siente fluido, coherente y útil genera percepción de rapidez, incluso si el backend no es perfecto.
Por eso el performance técnico no siempre se traduce en performance de producto.

Los usuarios no perciben milisegundos, perciben claridad.
La sensación de control, de propósito, de que algo funciona como esperan.
Un producto rápido que confunde, desespera o no entrega valor es solo un fracaso en tiempo récord.


El liderazgo detrás del rendimiento

El verdadero liderazgo técnico no se mide en optimizaciones, sino en decisiones de enfoque.
Saber cuándo no optimizar es una forma superior de madurez.
Cada línea de código que no se reescribe es una línea que mantiene abierta la posibilidad del cambio.

Un líder técnico debe preguntarse constantemente:

“¿Estoy haciendo el sistema más rápido o el negocio más valioso?”

La ingeniería estratégica no busca el mejor código posible, sino el más pertinente.
Porque en entornos de cambio constante, la adaptabilidad siempre gana sobre la velocidad.


💬 Conclusión

La obsesión por el performance técnico es, muchas veces, una forma elegante de esconder el vacío estratégico.
Optimizar sin entender el porqué solo acelera la irrelevancia.

La ingeniería madura no persigue milisegundos: persigue sentido.
Porque al final, no gana el sistema que corre más rápido, sino el que sabe hacia dónde correr.

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2025 David Niño Herrán