El problema no es el talento, es la deuda técnica.

David Niño Herrán,IngenieríaGerenciaLiderazgo

Durante años hemos hablado de deuda técnica como si fuera polvo en el código: algo que se limpia con refactors o con “un sprint técnico”.
Pero esa definición es peligrosa porque le quita su verdadero peso.

La deuda técnica no es un problema de código, sino un mecanismo de financiación encubierta.

Cada vez que un equipo prioriza velocidad sobre estructura, está pidiendo un préstamo.
No a un banco, sino al futuro.
Y como toda deuda, genera intereses.
Pero esos intereses no se pagan en dinero, sino en tiempo, frustración y decisiones cada vez más pobres.


1. La ilusión de progreso

Cuando decides “sacar rápido” una funcionalidad sacrificando diseño, no estás acelerando el proyecto: estás trasladando costo hacia adelante.
El problema es que ese costo no aparece en los KPIs ni en el balance trimestral.

A ojos del gerente, el equipo “entregó a tiempo”.
Pero por dentro, el sistema perdió coherencia.
Cada línea que no se pensó con intención se convierte en un pequeño agujero contable.

En el fondo, la deuda técnica es apalancamiento operativo no registrado: hace crecer el activo (funcionalidad) sin reconocer el pasivo (complejidad).


2. El verdadero costo: decisiones lentas

El mayor interés de la deuda técnica no se paga en bugs, sino en tiempo de decisión.
Un sistema con alta deuda técnica no es solo difícil de mantener: es difícil de entender.
Y cuando nadie entiende el sistema, la organización deja de aprender.

Cada cambio requiere más validaciones, más reuniones, más miedo a romper algo.
El costo no es técnico; es cognitivo y organizacional.

La deuda técnica se acumula en el código, pero se paga en la mente de las personas.


3. La trampa contable del corto plazo

Muchos líderes creen que están “optimizando recursos” al reducir inversión técnica.
En realidad, están financiando artificialmente su velocidad con deuda.

Y eso distorsiona todo análisis de rentabilidad:

La ilusión de eficiencia es el equivalente digital de imprimir dinero: al principio funciona; luego llega la inflación de la complejidad.


4. Si la deuda técnica fuera deuda financiera

Imagina que cada shortcut técnico tuviera una tasa de interés declarada:

Si la deuda técnica apareciera en los estados financieros, ningún comité aprobaría ciertas decisiones.

Un CFO exige estrategias de repago y límites de exposición.
Un CTO debería hacer lo mismo.
La diferencia es que el banco siempre cobra — y la deuda técnica también.


5. Gestionar deuda técnica no es pagarla, es invertirla.

El error común es pensar que el objetivo es eliminar deuda técnica.
No.
Toda organización necesita un nivel controlado de deuda.

Así como las finanzas usan deuda para apalancar crecimiento, la ingeniería la usa para acelerar aprendizaje.

La clave está en la gestión del riesgo técnico:

Un líder técnico maduro no busca código perfecto.
Busca flujo financiero sostenible entre velocidad y estabilidad.


Conclusión: cuando el interés compone

La deuda técnica no explota de un día para otro.
Se acumula silenciosamente.

Y cuando llega al punto crítico, los intereses compuestos de la complejidad paralizan el negocio.
Los equipos se mueven más lento, la moral cae, y los líderes empiezan a “rediseñar la estrategia” sin saber que el problema está en la base técnica, no en el talento.

Por más talento senior que tengas, ningún equipo puede moverse con agilidad si carga una deuda técnica descomunal.
La experiencia no reemplaza la claridad estructural: solo la hace sufrir con más elegancia.

La pregunta no es cuánta deuda técnica tienes, sino cuánta estás dispuesto a seguir ignorando.
Ahí empieza —o se detiene— la verdadera estrategia tecnológica.

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2025 David Niño Herrán